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23 de octubre de 2026•9 min de lectura•Anna Victoria BaronaPor Anna Victoria Barona

Despertar no es escapar del mundo, es estar en él de otra manera

Una reflexión sobre crecimiento personal y espiritual: despertar no es dejar de sentir, sino vivir la vida que ya tenemos con más presencia y amor.

Despertar no es escapar del mundo, es estar en él de otra manera

Últimamente he estado pensando mucho en lo que significa realmente vivir de una manera más consciente.

Y creo que, en algún momento de nuestro camino de crecimiento personal y espiritual, es fácil confundir despertar con alejarnos de todo aquello que nos incomoda. Como si evolucionar significara dejar de sentir ciertas cosas, no tomarnos nada personal, no enfadarnos, no tener miedo, no apegarnos demasiado a nadie y, si es posible, vivir en un estado permanente de paz interior (lol, ojalá).

Como si el objetivo fuera convertirnos en personas a las que nada les afecta.

Pero ¿y si no se tratara de eso?

Hace poco, mindlessly scrolling, me encontré con una reflexión que decía que el propósito del despertar no es dejar atrás la realidad, sino participar en ella con mayor presencia, intención y amor. Y la idea se me quedó dando vueltas en la cabeza.

¿De qué nos sirve aprender a meditar durante veinte minutos al día si después vivimos el resto de nuestras horas completamente desconectados de nosotros mismos? ¿De qué nos sirve hablar de amor, conciencia y compasión si no sabemos llevar esas ideas a la manera en que nos relacionamos con las personas que queremos, con nuestro trabajo, con nuestras decisiones o incluso con nosotros mismos cuando las cosas no salen como esperábamos?

No lo digo desde un lugar de superioridad espiritual, obviamente. Estoy lejísimos de tener las respuestas y probablemente me contradiga unas cuantas veces en el camino. Pero justamente por eso me parece interesante cuestionarlo.

Porque creo que el crecimiento personal no debería ser otra forma de intentar convertirnos en alguien que todavía no somos. Ni una lista interminable de cosas que tenemos que arreglar para, finalmente, merecer sentirnos bien con nosotros mismos.

Quizás se trate más bien de aprender a estar presentes en la vida que ya tenemos.

¿Y si el trabajo no fuera cambiarlo todo, sino aprender a verlo de otra manera?

A veces, las situaciones que vivimos nos muestran las creencias que hemos aprendido a aceptar como verdades. Y, cuando esas creencias ya no nos hacen sentido, tenemos la posibilidad de cuestionarlas.

Me parece fascinante porque muchas veces creemos que sufrimos únicamente por lo que nos pasa, cuando también influye muchísimo la historia que nos contamos sobre lo que nos pasa.

Una persona no me contesta un mensaje y mi cabeza ya escribió una novela entera sobre lo que hice mal. Algo no sale como lo había planeado y, de repente, no es solamente una decepción: es una prueba de que no soy suficientemente buena. Una relación termina y, en lugar de vivir el duelo por lo que perdimos, empezamos a preguntarnos qué hay de malo en nosotros para que alguien no se haya quedado.

Anna Victoria Barona

Escrito por

Anna Victoria Barona

Madrid

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Y así, sin darnos cuenta, convertimos una situación en una definición de quiénes somos.

¿Te suena? A mí sí.

A veces reaccionamos desde ideas que llevamos tanto tiempo repitiendo que ni siquiera recordamos cuándo empezamos a creerlas. Ideas sobre el amor, el éxito, el rechazo, el dinero, las relaciones o lo que significa tener una vida que valga la pena.

Y claro, cuestionarlas no es tan fácil como leer una frase bonita en Instagram y decidir que, a partir de mañana, vamos a pensar diferente. Ojalá funcionara así.

Pero pienso fuertemente que el primer paso es simplemente darnos cuenta.

Darnos cuenta de cuándo estamos reaccionando desde el miedo. De cuándo buscamos aprobación porque hemos aprendido a medir nuestro valor a través de los ojos de los demás. De cuándo nos aferramos a algo no porque nos haga bien, sino porque nos asusta lo que podría pasar si lo soltamos (todos hemos escuchado el famoso "la gente prefiere infiernos conocidos a cielos desconocidos").

No siempre podemos elegir lo que sentimos, ni controlar las situaciones que aparecen en nuestra vida. Pero podemos empezar a explorar la manera en que las interpretamos y lo que hacemos con ellas.

Y, poco a poco, abrir espacio para responder de una manera diferente.

Y he decidido conscientemente que, para mí, eso también es crecer.

No podemos conectar con los demás si vivimos desconectados de nosotros mismos

Hay una frase de Yung Pueblo que me encanta y que habla de la dificultad de construir una conexión profunda con alguien que está desconectado de sí mismo.

Porque vivimos en una época en la que podemos estar en contacto con muchísimas personas y, aun así, sentirnos solos. Podemos tener conversaciones durante horas sin compartir realmente lo que nos pasa. Podemos estar en una relación y seguir sintiéndonos incomprendidos. Podemos querer muchísimo a alguien y, sin darnos cuenta, relacionarnos desde nuestras propias heridas, inseguridades y expectativas.

No porque no sepamos amar, sino porque a veces todavía estamos aprendiendo a entendernos.

¿Cómo vamos a comunicar lo que necesitamos si ni siquiera sabemos identificarlo? ¿Cómo vamos a escuchar de verdad a otra persona si estamos demasiado ocupados intentando defendernos? ¿Cómo vamos a construir una relación desde la libertad si confundimos amar con tener la certeza de que alguien nunca se irá?

No creo que tengamos que resolver todos nuestros asuntos internos antes de poder amar o conectar con los demás. Si esperáramos a estar completamente sanos, conscientes y equilibrados para relacionarnos, probablemente nos quedaríamos solos para siempre.

Pero sí creo que conocernos un poquito mejor cambia la manera en que nos encontramos y conectamos con los demás.

Nos ayuda a reconocer nuestras reacciones, a pedir perdón cuando hace falta, a establecer límites, a escuchar sin asumir que todo es un ataque y a aceptar que las personas que queremos también tienen sus propios caminos, tiempos y formas de ver el mundo.

Y eso requiere práctica. Muchísima práctica.

Por eso me gusta pensar que las relaciones también son espacios de crecimiento. No porque las personas estén en nuestra vida para enseñarnos algo (como si cada encuentro tuviera que justificar su existencia con una lección), sino porque compartir la vida con otros nos permite descubrir partes de nosotros que quizá no habríamos visto estando solos.

A veces, crecer ocurre en silencio, durante una meditación… pero, por experiencia propia, la mayoría de las veces ocurre en una conversación incómoda.

Cuando finalmente decimos lo que llevábamos meses guardando, o cuando aprendemos a escuchar algo que no queríamos oír.

Entonces la espiritualidad también aparece en lo cotidiano

Creo que una de las cosas más bonitas que podemos aprender es que la espiritualidad no tiene por qué estar separada de nuestra vida cotidiana.

No vive únicamente en un retiro, en una ceremonia, en una clase de yoga o en esos momentos en los que todo parece tener sentido y sentimos que estamos exactamente donde debemos estar.

También vive en cómo tratamos a las personas cuando estamos cansados. En la paciencia que intentamos cultivar cuando algo nos frustra. En nuestra capacidad de reconocer un error. En las decisiones que tomamos cuando nadie nos está mirando. En aprender a disfrutar algo sin sentir que tenemos que convertirlo en una oportunidad para mejorar.

Porque sí, a veces también necesitamos dejar de intentar crecer durante cinco minutos y simplemente vivir. (Una recordadita que yo misma necesito de vez en cuando).

No todo tiene que convertirse en una lección. No todo dolor necesita una explicación inmediata. No cada experiencia tiene que ser transformadora para tener valor.

Podemos estar tristes sin que eso signifique que hemos retrocedido en nuestro camino. Podemos sentir miedo y, aun así, tomar una decisión valiente. Podemos tener dudas, cambiar de opinión y no saber exactamente qué estamos haciendo con nuestra vida.

Ser conscientes no significa dejar de ser humanos: significa aprender a vivir nuestra humanidad con un poquito más de curiosidad, honestidad y compasión. Y eso incluye todas las partes de nosotros que todavía no sabemos muy bien cómo entender.

Entonces, ¿qué tiene que ver todo esto con Wanderer?

Muchísimo, en realidad.

Porque cuando hablamos de crecimiento personal y espiritual, a veces pensamos únicamente en el trabajo individual: los libros que leemos, las prácticas que exploramos, los momentos que dedicamos a conocernos mejor… Y todo eso puede ser profundamente valioso.

Pero también creo que crecemos en relación con el mundo. A través de las personas que conocemos, las conversaciones que compartimos, las preguntas que nos hacemos y las experiencias que nos invitan a mirar algo desde una perspectiva diferente.

Quizá una sesión de breathwork te ayude a escuchar algo que llevabas tiempo ignorando. Quizá una caminata en la montaña te recuerde que no necesitas tener todas las respuestas hoy. Quizá una ceremonia de cacao te permita compartir algo que nunca habías sabido cómo expresar. O quizá conozcas a alguien en un círculo de desconocidos y descubras que hay muchas más personas intentando entender la vida de lo que imaginabas.

No podemos prometer que una experiencia vaya a cambiarte la vida. Tampoco creo que sea necesario.

A veces basta con que algo te haga una pregunta que no te habías hecho antes. Que te permita sentirte acompañado un rato. Que te ayude a volver a ti, aunque sea un poquito. Y otras veces, simplemente, está bien disfrutar de la experiencia por lo que es.

Eso es parte de lo que queremos construir en Wanderer: un espacio donde diferentes prácticas, perspectivas y personas puedan encontrarse. Donde quienes buscan explorar su crecimiento personal puedan descubrir experiencias que les hagan sentido, y donde quienes las facilitan puedan compartir aquello que llevan tiempo cultivando.

No porque exista un único camino correcto, ni porque necesitemos convertirnos en versiones perfectas de nosotros mismos. Sino porque creemos que hay muchas maneras de aprender, conectar y vivir con mayor consciencia. Y que descubrirlas puede ser mucho más bonito cuando no tenemos que hacerlo solos.

Al final, pienso que el verdadero trabajo no consiste en alcanzar un estado permanente de paz, ni en convertirnos en personas a las que nada les afecta. Quizá consista en aprender a participar en nuestra propia vida con un poquito más de presencia. En cuestionar las historias que nos contamos, cuidar la manera en que nos relacionamos y recordar que siempre podemos elegir cómo queremos seguir adelante.

No vinimos aquí únicamente a observar la vida, esperando entenderla antes de atrevernos a vivirla.

Vinimos a experimentarla. A crear, a equivocarnos, a relacionarnos, a descubrir, a cambiar de opinión, a volver a empezar. A estar aquí, con todo lo que eso implica.

Y, en el proceso, ojalá aprender a tratarnos a nosotros mismos y a los demás con un poquito más de amor.

Porque despertar no significa dejar de formar parte del mundo. Significa aprender a formar parte de él de una manera más consciente.

Si te quedaste con ganas de seguir leyendo, aquí está mi reflexión anterior: hay muchos caminos para aprender a amar.

Explora nuevas formas de conectar contigo y con el mundo en Wanderer.